El periodo azul

 

"Algunos de mis buenos amigos habían muerto”, dijo Kuropatwa. “En Buenos Aires, la gente creía que Nueva York era discoteca, discoteca, discoteca. Pero en realidad era ambulancia, ambulancia, ambulancia”. Kuropatwa abandonó Nueva York rumbo a la Argentina. Instaló su estudio en Buenos Aires, y comenzó a trabajar en fotografía de productos para catálogos. Trabajaba en dos estilos de imagen: uno en sus fotografías de productos, y otro en sus trabajos artísticos.

Kuropatwa (derecha) en la inauguracíón de una muestra de artistas jóvenes. Galería Ruth Benzacar, Buenos Aires, 1992.

 

Al poco de regresar, se convirtió en un ícono de la noche de Buenos Aires. Kuropatwa organizaba las fiestas más delirantes de los años de libertad de la Argentina posdictadura. “Las fiestas eran un delirio total”, recuerda su amigo Horacio Dabbah. “Exquisitas, únicas y originales. Podías estar comiendo y Kuropatwa se te ponía al lado, se bajaba los pantalones y después seguías comiendo un goulash delicioso como si nada”. “Fue el último dandy pink”, lo definió el poeta Fernando Noy. “Un sacerdote de la alegría que siempre vivió en un mundo seis estrellas”. Las fiestas de Kuropatwa eran el centro de la movida de artistas, intelectuales, músicos y estrellas de cine. No ser invitado significaba quedar fuera del círculo. La relación con las figuras del jet-set convirtió a Kuropatwa en el fotógrafo del rock. Bajo su lente pasaron estrellas como Charly García, Fito Páez, Gustavo Cerati y Fabiana Cantilo.

Charly Garcia, Fito Páez, Fabiana Cantilo y Gustavo Cerati, en una de las fotos más famosas del período azul de Kuropatwa.

 

Él realizó las tapas de disco de las bandas más famosas de la Argentina, trabajos que fueron recopilados en la muestra Rock (1991). Eran tiempos en que Kuropatwa se paseaba por la calle Florida con un enterito rosa y un ventilador azul en la mano. La actriz Cecilia Roth lo recordó paseándose por su casa en tacos altos. Pero la diversión fue opacada por una tragedia personal. A mediados de los '80, Kuropatwa recibió la noticia de que había contraído SIDA, “la peste rosa”, como le decían entonces. La angustia frente a la inminencia de la muerte se reflejó en su arte. Kuropatwa comparó a esta época de su producción con el período azul de Picasso. Naturalezas Muertas (1986), la primera muestra tras saber que estaba infectado de SIDA, fue el comienzo de la exploración psicológica del artista. Le siguió Sólo Sonrisas (1988), fotografías en blanco y negro de rostros con sonrisas avejentadas y melancólicas. “Mi vida es un lápiz labial”, declaró Kuropatwa en una entrevista a un periódico. “Para escaparme de los perfumes, de las cremas antiarrugas, del esmalte para uñas, trato de montar una exposición una vez al año”.

Kuropatwa, en la sala de su muestra 30 Dias en la Vida de A. Buenos Aires, 1990.

 

La galerista Orly Benzacar recuerda: “Kuropatwa quería exponer todo el tiempo. Tenía 50 ideas por minuto”. El frenesí creativo se plasmó en una intensa producción y en una sucesión de exhibiciones. La muestra 30 días en la vida de A. (1990) mostró al hombre quebrado tras la máscara del artista. Le siguieron Marcha Kuro Marcha (1992), una exhibición conjunta con el sacerdote y poeta Hugo Mujica (1993), las fotografías retorcidas de ¿Dónde está Joan Collins? (1994), y las flores marchitas de Las Flores de Kuropatwa (1995). Kuropatwa trabajaba noche y día, con el apresuramiento de alguien que sabe que el final está cerca.

Kuropatwa (segundo desde la izquierda) recibe el Diploma al Mérito de las Artes Visuales de la Fundación KONEX. 1992.

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