30 días en la vida de A.

 

En agosto de 1990, Kuropatwa expuso Treinta Días en la Vida de A. en la Galería Ruth Benzacar. La muestra redujo a treinta falsos días una serie de imágenes de amigos como Fernando Noy, Andrés Calamaro, Batato Barea, Roberto Jacoby y Esmeralda Almonacid, entremezcladas con paisajes, desnudos, interiores, baños de vapor y arquitecturas. Las tomas se hicieron en película Polaroid vencida de 35mm. “No sé si estaban vencidas o si cargué mal la máquina”, dijo Kuropatwa. “Me salieron mal y me encantó... Dije: que siga su camino, que pase lo que pase”).

Se realizó el procesado de diapositiva a una película sintética y el duplicado se hizo a un positivo formato 35 x 28 cm salvando la gama de grises azules, verdosos y ocres. Las fotografías se procesaron en Francia, porque ningún laboratorio de Buenos Aires se atrevió a duplicar la película vencida. Finalmente se montaron las imágenes en unas cajas negras con tubo fluorescente en su interior acompañados de textos que, por ejemplo, rezaban: “No sé si han visto cómo el paisaje se va rompiendo cuando se mira hacia atrás.

Kuropatwa había trabajado casi sin parar durante treinta días. “Lo único que te pido es que respetes las rayas” pidió a Martha Nanni, la curadora de la muestra. Nanni recuerda: “Para mí, las rayas eran un dato fundamental, porque eran los daños que él se infligía a sí mismo. La muestra era una enorme metáfora sobre el universo del SIDA”.

Con la sala en semipenumbras, una música que parecía ralentar el tiempo y una montaña de cables blancos como desechos tecnológicos, la muestra exponía por primera vez al Kuropatwa quebrado, al artista que por un instante dejaba el ingenio de lado para presentar al hombre detrás de la máscara.

 

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